Entonces ella se inclinó hacia mí.
—¡Dios mío! —susurré.
La reconocí. La había visto una vez en fotos antiguas de su teléfono.
Laura. Su exesposa.
—Terminó mal —me había dicho entonces, con el rostro contraído por la emoción.
Y lo dejé pasar, suponiendo que el dolor aún estaba reciente.
Ahora, al verlos reunirse a escondidas, me sentía tonta. Al principio, parecía obvio: me estaba engañando.
Pero cuanto más los observaba, menos encajaba esa explicación.
No sonreían. No se tocaban.
Discutían.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
