Esa anciana no entiende nada”, gritó el empresario en el restaurante más exclusivo de la ciudad. Todos se rieron de la mujer japonesa que no podía comunicarse. Pero cuando la humilde mesera abrió la boca y habló en perfecto japonés, la risa se convirtió en silencio absoluto. Lo que satisfizo después destruyó carreras y cambió vidas para siempre. El restaurante La Fontana era el lugar donde los poderosos de la ciudad se reunían para cerrar negocios, celebrar fortunas y demostrar al mundo cuánto valían.
Candelabros de cristal colgaban del techo como constelaciones artificiales. El aroma de platillos exclusivos flotaba en el aire y cada mesa representaba más dinero del que la mayoría de las personas verían en toda su vida. Isabela Montoya caminaba entre esas mesas con la bandeja perfectamente equilibrada sobre su mano derecha. Sus pies dolían después de tantas horas de pie, pero su rostro mantenía esa sonrisa profesional que había aprendido a fabricar desde que comenzó a trabajar ahí. Era joven, pero sus ojos contaban historias de madrugadas estudiando, de sacrificios silenciosos, de sueños que parecían demasiado grandes para alguien como ella.
Había llegado a la fontana meses atrás. buscando un empleo que le permitiera pagar sus estudios de idiomas en el Instituto Cultural del Valle. No era el trabajo de sus sueños, pero cada propina, cada hora extra, la acercaba un poco más a la vida que imaginaba para sí misma. Mesa siete necesita más agua. La voz del gerente Lorenzo Figueroa cortó sus pensamientos como un cuchillo. Era un hombre de mediana edad con el cabello engominado hacia atrás y esa expresión de superioridad que solo las personas inseguras de su propio valor saben fabricar.
Trataba a los meseros como si fueran invisibles, útiles solo cuando servían y molestos cuando respiraban. Enseguida, señor Figueroa. Isabela respondió con tono neutro. y apresúrate. El señor Salazar está en la mesa principal y sabes cómo se pone cuando el servicio no es perfecto. Isabela lo sabía muy bien. Rodolfo Salazar era uno de los empresarios más influyentes de la ciudad. Dueño de una cadena de hoteles de lujo, acostumbrado a que el mundo se arrodillara ante su chequera. Venía a la fontana cada semana, siempre con socios diferentes, siempre con la misma actitud.
El dinero le daba derecho a tratar a los demás como quisiera. Esa noche, Salazar ocupaba la mesa central del restaurante con tres socios de negocios. Sus risas resonaban demasiado fuerte, sus comentarios sobre los empleados apenas disimulados. Isabela había aprendido a ignorarlo, a construir muros invisibles que protegieran su dignidad mientras servía copas de vino que costaban más que su salario semanal. Pero esa noche sería diferente. Esa noche el destino tenía otros planes. La puerta principal del restaurante se abrió y una mujer mayor entró con pasos lentos pero dignos.
Isabela la notó inmediatamente. Había algo en ella que capturaba la atención sin pedirla. Era una mujer japonesa de cabello plateado, perfectamente peinado, vestida con un elegante blazer color bordó que contrastaba con su piel clara. Sus ojos, aunque mostraban el cansancio de muchos años vividos, brillaban con una inteligencia profunda. La mujer se acercó al podio de recepción donde Martín Velasco, el joven anfitrión, la recibió con expresión confundida. “Buenas noches. ¿Tiene reservación?”, preguntó Martín en español. La mujer respondió en japonés, su voz suave pero firme.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
