Montoya, ¿qué crees que haces? Vuelve a tu trabajo. Puedo ayudar. Isabela respondió. Su mirada fija en la mujer japonesa. Hablo japonés. Un murmullo recorrió el restaurante. Salazar soltó una carcajada. Tú, una mesera hablando japonés, por favor, esto se pone cada vez mejor. Déjala intentar. Uno de los socios de Salazar dijo claramente entretenido por lo que consideraba sería otro momento de humillación. Lorenzo dudaba, atrapado entre el protocolo y la curiosidad. Finalmente, con un gesto de desdén, se hizo a un lado.
Adelante, Montoya. Haz el ridículo si quieres. Isabela respiró profundamente, se acercó a la mujer japonesa y, mirándola directamente a los ojos, habló. Las palabras fluyeron de sus labios como agua de un manantial japonés fluido, respetuoso, con la formalidad apropiada para dirigirse a una persona mayor. Le preguntó su nombre, si tenía reservación, si necesitaba ayuda. El silencio que cayó sobre el restaurante fue absoluto, tan profundo que se podía escuchar el crepitar de las velas en las mesas. La mujer japonesa abrió los ojos con sorpresa y por primera vez esa noche una sonrisa genuina iluminó su rostro.
Respondió en japonés, su voz temblando ligeramente con emoción. Isabela escuchaba atentamente, asintiendo, respondiendo. Una conversación real estaba sucediendo frente a todos y nadie, excepto ellas dos, entendía una palabra. ¿Qué está diciendo Salazar? Exigió su diversión transformándose en irritación. ¿Qué le estás diciendo? Isabela levantó una mano pidiendo un momento. Continuó hablando con la mujer, su expresión volviéndose más seria con cada palabra que escuchaba. Finalmente se giró hacia Lorenzo y Salazar. “La señora Yoshiko Tanaka tiene reservación para esta noche.” Isabela habló con voz clara y firme.
“Reservación para cuatro personas en el salón privado. Está esperando a su familia que llegará en cualquier momento.” Lorenzo palideció. Reservación en el salón privado. Déjame verificar. Corrió hacia el podio de recepción, sus dedos torpes buscando en el libro de reservaciones. El color drenó de su rostro cuando encontró lo que buscaba. Señora Tanaca, salón privado. Reservación confirmada hace semanas, murmuró para sí mismo. La señora Tanaca también quiere que sepan. Isabela continuó. Su mirada ahora fija en Rodolfo Salazar, que entiende perfectamente bien cuando está siendo irrespetada.
El idioma del desprecio, dice ella, es universal. Salazar abrió la boca para responder, pero ninguna palabra salió. Por primera vez en mucho tiempo, el gran empresario no sabía qué decir. Y una cosa más, Isabela, tradujo mientras la señora Tanaca hablaba. Ella dice que en su país el respeto a los mayores es sagrado, que la verdadera riqueza no se mide en cuentas bancarias, sino en la forma en que tratamos a los demás, especialmente a aquellos que creemos que no pueden entendernos.
El restaurante entero parecía contener la respiración. Los socios de Salazar intercambiaban miradas incómodas. Los comensales de otras mesas observaban con expresiones que iban desde la vergüenza ajena hasta la admiración silenciosa. Lorenzo se acercó prácticamente arrastrándose, su actitud completamente transformada. Señora Tanaca, mis más sinceras disculpas. Por favor, permítame escoltarla personalmente al salón privado. Todo lo de esta noche corre por cuenta de la casa. La señora Tanca respondió algo en japonés, mirando directamente a Isabela. Dice que irá al salón privado.
Isabela tradujo. Pero con una condición. Quiere que yo sea quien atienda su mesa esta noche. Solo yo. Lorenzo asintió frenéticamente. Por supuesto. Por supuesto, Montoya. Desde ahora estás asignada exclusivamente al salón privado. Mientras Isabela guiaba a la señora Tanaca hacia el interior del restaurante, pasó junto a Rodolfo Salazar. El empresario la miraba con una mezcla de furia y algo que podría haber sido humillación. No estaba acostumbrado a ser puesto en su lugar y menos por una simple mesera.
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