Esto no termina aquí, susurró Salazar cuando Isabela pasó a su lado. Nadie me hace quedar como un idiota. Isabela no respondió, simplemente siguió caminando, su espalda recta, su dignidad intacta, pero mientras cruzaba el umbral hacia el salón privado, no podía ignorar el escalofrío que recorría su espalda. Las palabras de Salazar sonaban a amenaza y los hombres como él no hacían amenazas vacías. En el salón privado, la señora Tanaca se sentó con un suspiro de alivio. Miró a Isabela con ojos que brillaban con algo más que gratitud.
habló suavemente en japonés y sus palabras hicieron que el corazón de Isabela se detuviera por un momento. “Gracias, pequeña”, había dicho la anciana. “Pero lo que hiciste esta noche tendrá consecuencias. Algunas buenas, otras no tanto. ¿Estás preparada para lo que viene?” Antes de que Isabela pudiera responder, la puerta del salón privado se abrió y tres personas entraron. Un hombre de mediana edad, una mujer elegante y una joven que parecía tener la edad de Isabela. La señora Tanaca se levantó para recibirlos y en ese momento Isabela escuchó algo que cambiaría todo.
“Madre, ¿estás bien?”, el hombre preguntó en español perfecto, abrazando a la anciana. “Recibimos tu mensaje. ¿Qué sucedió?” La señora Tanca respondió en japonés señalando hacia Isabela. El hombre se giró, sus ojos evaluando a la joven mesera que había defendido a su madre. Pero no era gratitud lo que Isabela vio en su mirada. Era reconocimiento, como si la conociera de algún lugar que Isabela no podía recordar. “Así que tú eres Isabela Montoya”, dijo el hombre lentamente. “Mi madre me habló de ti hace años.
Dijo que algún día te encontraría y parece que ese día finalmente llegó.” Las palabras del hombre quedaron suspendidas en el aire como un enigma esperando ser descifrado. Isabela sintió que el suelo se movía bajo sus pies, aunque sabía que estaba perfectamente quieta. Disculpe, fue todo lo que pudo articular. El hombre dio un paso hacia adelante. Se llamaba Kenji Tanaka, hijo único de la señora Yoshiko, y había heredado de su madre esa mirada penetrante que parecía leer almas.
A su lado, su esposa Camila Herrera observaba la escena con curiosidad contenida, mientras su hija Akemi, una joven de rasgos delicados que mezclaban perfectamente dos culturas, no podía apartar los ojos de Isabela. Madre. Kenji se dirigió a Yoshiko en japonés. ¿Estás segura de que es ella? La anciana asintió lentamente, sus ojos humedecidos por algo que Isabela no alcanzaba a comprender. Es ella, respondió Yoshiko. Reconocería esos ojos en cualquier lugar. Son los ojos de Jiromi. El nombre golpeó a Isabela como una ola inesperada.
Jiromi. Ese nombre que su madre susurraba a veces entre sueños. Ese nombre que aparecía en viejas fotografías que guardaban en una caja bajo la cama. Ese nombre que siempre había sido un misterio envuelto en silencios. ¿Cómo conoce ese nombre? Isabela preguntó. Su voz apenas un susurro. ¿Cómo conoce a Jiromi? Yoshiko extendió su mano invitando a Isabel a sentarse junto a ella. Era un gesto tan maternal, tan lleno de ternura, que Isabela la obedeció sin pensar. Iromi Nakamura era mi mejor amiga.
Yoshiko comenzó a hablar, su voz cargada de memorias antiguas. Crecimos juntas en un pequeño pueblo de Japón. Éramos inseparables. Cuando teníamos 20 años, ella conoció a un joven extranjero que había llegado a nuestro pueblo como voluntario. Se enamoraron profundamente. Isabel la escuchaba con el corazón latiendo cada vez más fuerte. Conocía fragmentos de esta historia, pero nunca la había escuchado completa. La familia de Jiromi no aprobaba la relación, continuó Yoshiko. En aquella época casarse con un extranjero era considerado una deshonra.
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