Creo que todos necesitamos descansar. Pero antes de separarnos, necesito hacerte una pregunta importante. Isabela asintió, sintiendo el agotamiento físico y emocional, comenzando a apoderarse de su cuerpo. La caja de recuerdos de tu madre, la que mencionaste antes, ¿todavía la tienes? Sí, está en mi apartamento. Nunca he podido deshacerme de ella, aunque hay días en que me duele demasiado abrirla. Los ojos de Yoshiko brillaron con una mezcla de esperanza y tristeza. ¿Me permitirías verla? No, esta noche, pero pronto.
Creo que puede haber cosas ahí que ayuden a reconstruir la historia completa. Cosas que tu madre tal vez nunca tuvo la oportunidad de explicarte. Isabela sintió un nudo en la garganta. Esa caja había sido su conexión más íntima con su madre desde su partida. Cada objeto dentro de ella era sagrado, intocable, un pequeño santuario de memorias que solo ella conocía. Pero mirando a Yoshiko, viendo en sus ojos el mismo dolor de pérdida que ella misma cargaba, Isabela supo que no podía negarse.
“Mañana”, dijo suavemente. “puede venir a mi apartamento mañana le mostraré todo.” Yoshiko sonrió y esa sonrisa contenía décadas de espera finalmente llegando a su fin. La familia Tanaca insistió en llevar a Isabela a su casa. El vehículo era lujoso, silencioso, completamente diferente a los autobuses abarrotados que Isabela tomaba cada noche después del trabajo. Akemi se sentó a su lado y durante el trayecto la joven no dejó de hacerle preguntas sobre su vida, sus estudios, sus sueños. “Mi abuela ha hablado de ti durante años”, Akemi confesó.
“Bueno, no de ti específicamente, sino de la hija de Jiromi. Siempre decía que algún día la encontraría. Yo pensaba que era solo una fantasía de anciana, pero aquí estás. Aquí estoy. Isabela repitió, aunque todavía le costaba creer que todo esto fuera real. El vehículo se detuvo frente a un edificio modesto en un barrio de clase trabajadora. Isabela sintió una punzada de vergüenza al comparar su hogar con el lujo que claramente rodeaba a la familia Tanaka. Es aquí”, dijo preparándose para despedirse rápidamente.
Pero Yoshiko miró el edificio con expresión pensativa. “Tu madre eligió bien. Este barrio tiene carácter, tiene vida real. Eso es más valioso que cualquier mansión vacía.” Las palabras tocaron algo profundo en el corazón de Isabela. Su madre siempre había dicho algo similar, que el hogar no se mide en metros cuadrados, sino en la cantidad de amor que contiene. Hasta mañana, pequeña. Yoshiko se despidió. Descansa, lo que viene no será fácil, pero no estarás sola. Isabela subió las escaleras hasta el tercer piso donde estaba su pequeño apartamento.
Cada escalón parecía más pesado que el anterior, como si cargara no solo el cansancio de la noche, sino el peso de todas las revelaciones que había recibido. Abrió la puerta y encendió la luz. El apartamento era pequeño, pero acogedor, una sala que también servía de comedor, una cocina diminuta, un baño y una habitación que había sido de su madre y ahora era suya. Las paredes estaban decoradas con fotografías, plantas que Isabela cuidaba con devoción y pequeños adornos que su madre había coleccionado a lo largo de los años.
Sin pensarlo, sus pies la llevaron directamente al armario del dormitorio. Ahí, en el estante más alto, cubierta por una manta vieja, estaba la caja. Isabela la bajó con cuidado reverencial. Era una caja de madera simple, sin adornos, pero para ella era el objeto más valioso del mundo. Se sentó en la cama y la colocó sobre su regazo, sus dedos acariciando la superficie desgastada. respiró profundamente y abrió la tapa. El aroma fue lo primero que la golpeó. Ese olor particular a papel viejo, a perfume desvanecido, a recuerdos preservados.
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