Natalia siempre creyó que el amor se mide con acciones...

Natalya se quitó el delantal. Lentamente. Lo dobló con cuidado. Entró en la oficina y encendió el ordenador. Ya no le temblaban las manos. Estaba vacío.

El apartamento era ruidoso. Andrey estaba de pie junto a la ventana, seguro, relajado. Antonina Stepanovna recibía a los invitados, guiándolos por las habitaciones como si fueran un museo de su victoria.

"Siempre supe que merecíamos más", dijo. "Es solo que no todos tienen el don de comprenderlo".

Nadie preguntó quién pagó. Nadie mencionó a Natalya.

El timbre sonó bruscamente, fuera de lugar. Andrey fue a abrir con una sonrisa, esperando nuevos huéspedes. La sonrisa se desvaneció al ver a los guardias de seguridad.

"¿Están...? ¿Eres Andrey Viktorovich?

"Sí..."

"Estás en el apartamento sin permiso del dueño."

Las palabras quedaron suspendidas en el aire. Como una bofetada.

Antonina Stepanovna palideció, se adelantó y empezó a hablar en voz alta, nerviosa, vacilante. El guardia le mostró tranquilamente sus documentos. Apellido. Nombre. Natalya Nikolaevna.

"Tienes diez minutos."

Los invitados empezaron a marcharse. Rápidamente. Demasiado rápido para quienes acababan de admirar la lámpara de araña. Nadie se despidió. Nadie salió a su encuentro.

Andrey llamó. Escribió. Explicó. Pero la pantalla permaneció fría.

Cuando se marcharon, Antonina Stepanovna les devolvió la mirada. Su mirada no reflejaba dolor, sino miedo. Miedo de perder lo que ya consideraba suyo.

El viejo apartamento los recibió con silencio y olor a humedad. El frigorífico estaba vacío.

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