Se giró y caminó hacia los fogones. Hacia donde hacía calor, duro, pero honesto. Donde su trabajo pesaba. Donde su aroma era parte de la vida, no motivo de desprecio.
Andrey permaneció de pie. Por primera vez, sin protección. Sin el dinero de otros. Sin la mujer que le hacía la vida cómoda.
Natalya no miró atrás.
Porque a veces lo más terrible no es perderlo todo.
Es darse cuenta de que nunca te apreciaron de verdad.
Natalya no miró atrás, pero sabía que Andrey se quedaría en la entrada un buen rato. La gente como él siempre piensa que una pausa es una oportunidad. Ese silencio esperaba. No entendía una cosa: para Natalia, todo había terminado.
Pasaron dos semanas. Vivía en piloto automático: casa, panadería, casa. Trabajaba más de lo habitual, como si intentara expulsar de sí todo lo innecesario. No dormía por la noche. Se quedaba tumbada mirando fijamente. en el techo, sin recordar los escándalos, sin
Resentimientos, pero cosas triviales. Cómo Andrey una vez le llevó café a la cama. Cómo Antonina Stepanovna le dijo en el primer año de matrimonio: «Eres simple, claro, pero útil».
Natalya sonrió entonces. Ahora esa frase sonaba como una sentencia de muerte.
Andrey escribía todos los días. Al principio, largas: disculpas, justificaciones, explicaciones. Luego, más cortas. Luego, simplemente: «Natasha». No contestó. No por venganza. Por vacío.
Una noche, sonó el teléfono. No era un mensaje, sino una llamada de verdad. No contestó enseguida.
«Natasha...», dijo Antonina Stepanovna con voz ronca, inusualmente débil. «No me encuentro bien. Tengo la presión. Andrey dice que no contestas...».
Natalya cerró los ojos. Algo tembló en su interior; no era lástima, sino la vieja costumbre de apoyar.
«Llama a una ambulancia», dijo con calma. "Ya no voy a resolver tus problemas."
"¿Tú... nos dejas? ¿Después de todo?"
"No te voy a dejar. Vuelvo a mi casa."
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