"¡Necesito casarme en 10 minutos!": Su prometida huyó, y él le rogó a la chica de la limpieza que ocupara su lugar. Lo que empezó como un contrato millonario terminó revelando una verdad que te hará llorar...

“Por favor, espere.”
Miles se movió entre ella y la puerta, sin agresividad, solo frenético, como un hombre que intenta sostener una pared con las manos desnudas.
La arrogancia había desaparecido.
En su lugar, un miedo que parecía caro porque no estaba acostumbrado a él.

“Mi prometida se fue”, dijo, con las palabras saliendo a borbotones.
“Abajo hay doscientas personas esperando. El gobernador. La prensa. Mi madre.”
Tragó saliva, con los ojos inyectados en sangre y la voz quebrada al hablar.
“Si bajo y cancelo, mi reputación, mis empresas… todo quedará en el olvido. Seré el chiste del año.”

Sarah lo miró fijamente, con un destello de compasión.

Antes de que pudiera detenerlo.
Para ella, los desastres de los ricos siempre le parecían teatrales, hasta que dejaron de serlo.
"Lo siento", dijo con cuidado. "De verdad. Pero sigo sin entender qué tiene que ver eso conmigo".

Miles respiró hondo, como si supiera que esto iba a sonar descabellado.
Pero lo dijo de todos modos: claro, deliberado y desesperado.

El trato de diez minutos
El rostro de Sarah cambió al comprender el significado. Soltó una risita, nerviosa, esperando que él también se riera y admitiera que era una broma terrible. Pero Miles no sonrió.

"Estás loco", dijo, retrocediendo medio paso.
"No pertenezco a tu mundo".
Él respondió en voz baja, casi una confesión.
"Precisamente por eso".

Luego añadió la parte que le heló la sangre. “Te pagaré. Lo que quieras. Es solo una firma. Una ceremonia. Después, cada quien por su lado.”
Sarah pensó en la receta de June doblada en su bolsillo.
También pensó en su nombre y en cuánto se había esforzado por mantenerlo.

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