Apretó la mandíbula.
“Si hago esto, me mirarás a los ojos.”
Un instante.
“Me tratarás con respeto. No como algo que puedas devolver al terminar.”
Miles asintió sin dudarlo, como si fuera la primera regla honesta que oía en todo el día.
“Lo juro.”
El camino al altar
Diez minutos después, Sarah se dirigía al altar del jardín con un vestido prestado, arreglado a toda prisa. Los susurros resonaban entre los invitados como el viento entre la hierba alta. La gente miraba fijamente, como suele hacerlo cuando algo caro no sale según lo planeado.
Miles esperaba delante, rígido como una estatua. Pero cuando Sarah llegó hasta él y le puso la mano en la suya, ocurrió algo inesperado. El pánico en su pecho se alivió. Solo un poco.
La ceremonia fue breve, casi perdida bajo los flashes de las cámaras y los aplausos. Cuando el oficiante dijo: "Pueden besar a la novia", ambos dudaron. El beso fue suave, incómodo y extrañamente sincero, como si ninguno de los dos quisiera hacerlo demasiado fuerte.
Después de las cámaras, un silencio diferente
Los meses siguientes no se sintieron como un romance. Se sintieron como dos vidas aprendiendo a conocerse. Vivían bajo el mismo techo, pero en caminos paralelos.
Miles se enteró de que Sarah se despertaba temprano todos los días para llamar a su abuela. Sarah se enteró de que Miles cenaba solo incluso en una casa llena de personal, como si el silencio se hubiera convertido en su hábito. El contrato permaneció guardado en un cajón, intacto, como si ninguno de los dos quisiera admitir cómo empezó.
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