Una noche, Miles llegó tarde a casa y encontró a Sarah dormida en el sofá con papeles extendidos sobre su regazo. Se quedó allí un momento, sin saber si despertarla. Luego preguntó en voz baja: "¿Qué es esto?".
Sarah parpadeó, despertándose, todavía medio absorta en la página.
"Un plan de reestructuración para tu fundación", murmuró.
Una pausa, luego una frase más tajante: voz suave, cruda verdad.
"Estás perdiendo dinero... y propósito".
Miles no respondió de inmediato. Simplemente la miró, como si se encontrara con una versión de sí mismo que había estado evitando.
La frase que lo cambió todo
Cuando Miles finalmente decidió que estaba listo para decirle al público que este matrimonio no era "un arreglo", Sarah ya no llevaba uniforme gris. No porque se hubiera arreglado, sino porque la habían visto. Y cuando se paró frente a la prensa, su mano encontró la de ella sin pensarlo.
Sarah se acercó y dijo la parte tranquila, firme y directa:
"No vine por el dinero".
Lo miró a los ojos.
"Vine porque me viste".
La sonrisa de Miles no parecía pulida. Parecía real. "Y me quedé", dijo en voz baja, "porque me enseñaste a mirar".
Lo que empezó como una firma de diez minutos no terminó donde ninguno de los dos esperaba. Esta vez, nadie corrió.
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