Nina estaba parada en una habitación pequeña y casi vacía.

Nina se encontraba en una habitación pequeña, casi vacía, apenas lo suficientemente grande como para un armario con espejo y algunas sillas. Cerró la puerta tras ella y apoyó la espalda contra la superficie de madera. Su visión aún estaba ligeramente nublada, y su corazón latía con fuerza como si quisiera estallar. Podía oír música, risas y el tintineo de copas de la habitación contigua, pero todo parecía distante, como el ruido de la vida de otra persona. Estaba allí, en su boda, pero dentro, había vacío.

Se miró en el espejo. El vestido blanco, bordado con pequeñas cuentas, le sentaba a la perfección. Su velo se deslizó ligeramente sobre su hombro. Se lo ajustó, pero la sensación de inquietud persistía. Sabía que debería estar feliz, pero no lo estaba. Algo andaba mal.

Y entonces la puerta se abrió silenciosamente. La cabeza canosa de un anciano apareció en el umbral. Era Mikhail, miembro del personal de la boda, que había trabajado con la familia de Nina durante muchos años. Parecía preocupado, pero intentaba mantener la calma. "Chica... no bebas de tu vaso", dijo en voz baja, sin levantar la vista. "Tu prometido añadió algo. Lo vi de reojo".

Lo dijo rápidamente, como si temiera cambiar de opinión, y cerró la puerta de inmediato, dejando a Nina sola con ese pensamiento. Se hundió en una silla, sintiendo que todo su cuerpo se entumecía. Las palabras de Mikhail la atormentaban. ¿Cómo era posible? Greg parecía un hombre tan confiable y tranquilo. Había aparecido en su vida después de la muerte de su primer marido, cuando todo a su alrededor se desmoronaba. Había apoyado a su padre, la había ayudado con el papeleo, había cuidado de la familia. Todo parecía perfecto, y ahora esto.

Luchó por ordenar sus pensamientos y regresó al salón. La música había subido de volumen, y las risas y las conversaciones entre los invitados habían alcanzado un punto álgido. Dos vasos, atados con cintas, reposaban sobre la mesa frente a ellos. Nina se sentó junto a Greg, intentando disimular su nerviosismo. Su roce bajo la mesa era pesado y desagradable. Él le puso la mano en la pierna, y el roce pareció más una exigencia que un acto de amor.

"¿Dónde has estado?", preguntó en voz baja. "El anfitrión ya está esperando. El brindis principal es pronto."

"Necesitaba ajustarme el vestido", respondió Nina, intentando que su voz no temblara.

Greg sonrió, pero aún había una fría pesadez en su mirada. Ella asintió, ocultando su tensión interior. Cuando el anfitrión levantó su copa, Greg apartó la mirada un segundo, y Nina aprovechó la oportunidad: cambió las copas discretamente. Su corazón latía tan fuerte que parecía que todos lo oirían.

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