Lucía, ahora 9 años, mostraba madurez sorprendente, pero seguía siendo una niña protegida por el amor de su padre y Carmen. Diego había retomado la empresa implementando protocolos de seguridad en los hoteles para proteger a huéspedes adinerados de estafadores. Durante un congreso sobre seguridad psicológica, Diego tuvo una realización mirando a Carmen hablar con competencia y pasión.
La veía finalmente no como empleada, sino como mujer que admiraba profundamente. Esa noche confesó que había entendido qué era el amor verdadero, no la pasión cegadora por Elena, sino el calor constante de quien te protege en los momentos difíciles. Carmen admitió sentir algo por él, siempre reprimido por profesionalidad. decidieron proceder lentamente con Lucía en el centro de las prioridades.
La niña, con sabiduría precoz, comentó que estaba contenta de que fueran novios, pero no demasiado. Seis meses después, durante unas vacaciones en los Pirineos, se besaron por primera vez. No fue de cuento como con Elena, pero sí real y profundo, construido sobre respeto mutuo.
Desde la cárcel llegaban noticias de Elena intentando seducir a guardias y asistentes sociales, incapaz de cambiar. Victoria, en cambio, colaboraba con las autoridades, mostrando arrepentimiento. En una carta a Carmen escribió que su valentía la había hecho reflexionar sobre cómo se había convertido en un monstruo.
La fundación crecía recibiendo llamadas de toda Europa. Carmen desarrolló un protocolo de identificación precoz de estafadores adoptado por varios cuerpos policiales. un caso particular. Salvaron a una viuda barcelonesa de casarse con un estafador que mostraba todas las señales de alarma. La segunda Navidad, después de la boda fallida, trajo una noticia importante.
No una boda, eso podía esperar, sino una adopción. Carmen adoptaría legalmente a Lucía. Cuando el juez preguntó a la niña si quería a Carmen como madre legal, Lucía respondió, “¿Puedo llamar la mamá en vez de Carmen? La sala del juzgado estalló en aplausos. 5co años después de la boda interrumpida, la sala de conferencias del Alfonso XI estaba de nuevo llena, pero esta vez por un motivo diferente.
Se celebraba el quinto aniversario de la Fundación Montero Mendoza para la prevención de fraudes afectivos, que había salvado a cientos de personas y recuperado millones para las víctimas. Carmen, ahora directora ejecutiva de la fundación, presentaba el informe anual. A su lado, Diego gestionaba los aspectos financieros, habiendo transformado parte de los hoteles familiares en centros de acogida.
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