Lucía, 14 años, brillante y segura. Acababa de ganar un premio escolar por una aplicación que ayudaba a identificar perfiles falsos en redes sociales. La familia había encontrado su equilibrio. Diego y Carmen se casaron 3 años antes, en una ceremonia íntima en una ermita andaluza con solo los amigos más cercanos.
Nada de boato, nada de cientos de invitados, solo amor auténtico celebrado con sencillez. Lucía fue la dama de honor, orgullosa de ver a sus padres, porque ya los consideraba ambos como tales, unirse oficialmente. Durante la conferencia se anunció un invitado especial, Antonio, el cuñado de Carmen, ahora comisario, que presentó los datos nacionales.
Gracias al trabajo de la fundación, los casos de estafas románticas en España habían disminuido un 40%. El protocolo Mendoza se había convertido en estándar en las investigaciones, pero la verdadera sorpresa llegó cuando se presentó una carta. Era de Victoria, la ex cómplice de Elena, que desde la cárcel donde cumplía condena, reducida por colaboración, había escrito para agradecer a la fundación.
Había participado en el programa de recuperación psicológica, entendiendo finalmente los mecanismos tóxicos que la habían llevado a esa vida. Estaba estudiando psicología y esperaba una vez libre poder ayudar a otros. Elena, en cambio, había sido trasladada a una cárcel de máxima seguridad tras el enésimo intento de manipulación.
Había seducido y chantajeado al director de la primera cárcel, intentando una fuga que falló en el último momento. Su condena se extendió a 30 años. Permanecía incorregible. Un caso de estudio en los manuales de psicopatología. Durante el almuerzo de Gala que siguió a la conferencia, Carmen notó a una pareja mayor que parecía fuera de lugar, vestidos modestamente entre todos aquellos trajes elegantes.
Se acercó y descubrió que eran los padres de una de las primeras víctimas de Elena, el hombre que se suicidó en Alemania. Habían venido a agradecerle, a decirle que saber que Elena estaba en prisión les había dado algo de paz. Carmen los hizo sentar en la mesa de honor, presentándolos a todos como ejemplos de por qué su trabajo era importante.
No se trataba solo de dinero o estafas, sino de vidas destruidas, familias rotas, dolores que nunca sanarían completamente. Lucía, que había heredado la empatía de Carmen y la determinación de Diego, se levantó para hacer un discurso no programado. habló de cómo el intento de Elena había paradójicamente fortalecido a su familia de cómo había aprendido que el amor verdadero se muestra en las acciones cotidianas, no en las grandes declaraciones.
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