—Olivia, basta.
Olivia se giró hacia él, exasperada:
—Basta? Ricardo, esta chica es incompetente. Igual que todos los demás.
Isabela no dijo nada. Ya había oído hablar de Olivia antes de venir: todas las criadas anteriores habían durado menos de dos semanas… algunas, apenas un día. Pero Isabela se había prometido que no la echarían. Todavía no. Necesitaba ese trabajo.
Más tarde esa noche, mientras el resto del personal susurraba en la cocina, Isabela pulía la cubertería en silencio. Doña María, la ama de llaves, se inclinó y murmuró:
—Eres valiente, niña. He visto a mujeres el doble de grandes que tú salir por esa puerta después de uno de sus berrinches. ¿Por qué sigues aquí?
Isabela sonrió apenas:
—Porque no vine aquí solo a limpiar.
Doña María frunció el ceño:
—¿Qué quieres decir?
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