Ninguna criada duraba con la nueva esposa del multimillonario… hasta que una nueva criada hizo lo imposible

Pero los días se convirtieron en semanas, e Isabela no se quebró. No solo sobrevivió: se adelantó. El café de Olivia siempre estaba a la temperatura perfecta, sus vestidos quedaban planchados al vapor antes de que los pidiera, y sus zapatos brillaban como espejos.

Don Ricardo empezó a darse cuenta:

—Lleva aquí más de un mes —comentó una noche—. Eso es... un récord.

Olivia hizo un gesto despectivo:

—Es tolerable… por ahora.

Lo que Olivia no sabía era que Isabela estaba aprendiendo en silencio todo sobre ella: sus estados de ánimo, sus hábitos, incluso las noches en que salía de la mansión con la excusa de “eventos benéficos”.

Una noche de jueves, mientras Olivia estaba fuera, Isabela estaba quitando el polvo en el despacho de Don Ricardo cuando oyó que la puerta se abría. Él pareció sorprendido:

—Oh, pensé que ya te habías ido a casa.

—Vivo en los alojamientos del personal, señor —dijo ella con una pequeña sonrisa—. Es más fácil trabajar hasta tarde si hace falta.

Don Ricardo vaciló:

—Eres distinta a las otras. Ellas estaban… asustadas.

La mirada de Isabela fue firme:

—El miedo provoca errores. Yo no tengo el lujo de equivocarme.

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