Esa misma noche llegó la confrontación. Olivia lo negó todo al principio, pero cuando Don Ricardo le mostró los recibos y fotos, su compostura se resquebrajó.
—¿Te crees tan lista, metiéndola en esto? —escupió hacia Isabela—. ¡Me has arruinado!
—No —dijo Don Ricardo con frialdad—. Te arruinaste tú sola. Ella solo tuvo la paciencia de dejarte hacerlo.
En cuestión de días, se presentan los papeles del divorcio. Olivia abandonó la mansión para siempre, y sus amenazas se apagaron hasta convertirse en silencio.
Don Ricardo le ofreció a Isabela un puesto permanente, no solo como ama de llaves, sino como administradora del hogar. El sueldo se duplicó.
—Todavía no sé cómo lo lograste —admitió una tarde.
Isabela sonrió apenas:
—No peléé su juego. Solo la dejé jugar hasta que perdió.
Fue lo imposible: resistir más que Olivia y sacar la verdad a la luz. Y al hacerlo, Isabela no solo conservó su trabajo… reescribió por completo el equilibrio de la casa.
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