Fue entonces que notó una caja de madera pintada de azul guardada al fondo del estante. Dentro dibujos doblados, papelitos con recados, recortes de revistas y un cuaderno de pasta dura color lila con calcomanías en la portada. El diario de Alicia. Germán dudó. Tocó la tapa con reverencia. Tenía miedo de lo que encontraría ahí, pero el miedo ya no lo protegía de nada. Respiró hondo y abrió la primera página. La letra infantil y redondeada de su hija parecía gritar desde las líneas.
Hoy jugué con Jaime otra vez, pero todavía tengo que esconderlo. Papá no puede saber. Sus ojos se llenaron de lágrimas. siguió leyendo. Cada frase era un puñal. Héctor entró a mi cuarto otra vez. Dijo que no dijera nada, que era un secreto, pero no me gusta eso. Las manos de Germán comenzaron a temblar. Al pasar más páginas, encontró frases garabateadas con letras nerviosas, como si hubieran sido escritas con prisa. Tengo miedo de Héctor. Y justo debajo, si algo pasa, fue él.
Germán apretó el diario contra el pecho, como si intentara absorber todo aquello con el cuerpo. La cabeza le daba vueltas. ¿Cómo no se dio cuenta? Cuántas veces Alicia intentó decirle algo y él no la escuchó. Recordó una noche, semanas antes de la desaparición cuando ella tocó a su puerta diciendo que necesitaba hablar. Estaba cansado, estresado por el trabajo. “Puede ser mañana, mi amor”, dijo sin siquiera abrir la puerta. Fue la última vez que ella lo intentó. “Perdón, perdón, hija”, susurró de rodillas sobre la alfombra, el rostro hundido entre las manos, el diario, ahora abierto frente a él con las páginas moviéndose con la brisa de la ventana entreabierta.
Todo tenía sentido. Todo lo que Jaime había contado, todo lo que él mismo empezaba a ver en los ojos de Héctor. Las piezas encajaban. Pero el sentimiento que dominaba a Germán en ese momento no era solo indignación, era culpa. Una culpa afilada que lo destrozaba en silencio. Porque un padre debe proteger, un padre debe saber. se quedó ahí por horas leyendo cada línea, cada dibujo hecho con pluma de colores, cada pedacito de la mente de su hija dejado en papel.
Era como escuchar a Alicia por última vez y ella estaba pidiendo ayuda, incluso después de todo aún pedía. Germán se levantó con dificultad, el rostro mojado por las lágrimas, los ojos encendidos por algo nuevo. Salió del cuarto y bajó las escaleras con pasos decididos. Ahora ya no era solo el padre de Alicia, era el hombre que ella había elegido para que la escuchara, aunque fuera demasiado tarde. Y había alguien que tenía que responder por todo eso. El sol aún no había salido cuando Germán tomó las llaves del coche, pasó por la cocina sin hacer ruido, agarró un abrigo que estaba colgado en el respaldo de la silla y salió en silencio.
El diario de Alicia estaba en su mochila junto con el collar y la pulsera de cuentas rojas que ella misma había hecho con chaquiras de plástico. Conducía hacia el penal estatal con las manos firmes en el volante, la mirada fija en la carretera, como si cada kilómetro recorrido fuera una preparación para lo que estaba por venir. La mente, sin embargo, ardía. Lo que había leído en esas páginas lo había cambiado todo. Y ahora había una pregunta que ya no podía callar.
Miguel lo sabía. Al llegar entregó sus documentos, fue revisado y conducido a la sala de visitas. El ambiente era frío y gris. Una sola lámpara colgando del techo parpadeaba sobre la mesa de metal. Germán se sentó, las manos entrelazadas, las uñas clavadas en las palmas. El sonido de las puertas metálicas abriéndose retumbó por la sala. Cuando Miguel entró, ambos se miraron durante largos segundos. Ninguna palabra, solo dos hermanos devastados y separados por una tragedia que ya no tenía marcha atrás.
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