Nadie en aquel auditorio imaginaba que estaba a punto de presenciar algo que no aparecería en los informes financieros ni en los comunicados de prensa.

Algo que no se podía comprar.
El recinto estaba lleno. Científicos, inversionistas, directores de laboratorios farmacéuticos, periodistas especializados. El aire olía a perfumes caros y a éxito heredado. En el escenario, una pizarra gigante esperaba, blanca, arrogante, como si supiera que solo unos pocos podían mirarla sin miedo.
Entonces apareció Álvaro Mendonça.
Magnate. Dueño de patentes, fábricas y voluntades. Subió al escenario con una sonrisa afilada, de esas que no buscan simpatía, sino dominio. Tomó el micrófono y, sin preámbulos, escribió una ecuación compleja: un modelo farmacodinámico avanzado, lleno de integrales, coeficientes no lineales y variables acopladas.
La mayoría del público bajó la mirada.
Álvaro rió.
—Diez millones para quien resuelva esto en un minuto —anunció—. Incluso el niño de la basura puede intentarlo.
Las risas explotaron como fuegos artificiales.
En la última fila, cerca de la salida de servicio, estaba Davi.
Tenía doce años. Estaba descalzo. Abrazaba un saco de botellas de plástico más grande que él. Su ropa era una colección de remiendos y polvo. Su rostro ardía, no por vergüenza, sino por algo más profundo: una mezcla de memoria y reconocimiento.
Porque él entendía la ecuación.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
