“¡No hagas eso!”, dijo con firmeza el empleado, enfrentándose a la cruel madrastra mientras el millonario observaba.

Estaba sentado afuera, bajo el viejo árbol, mirando al suelo como si contuviera respuestas que había perdido. Marina no lo saludó en voz alta.

No se agachó frente a él ni le habló en un tono que pretendiera provocar una reacción. Se sentó cerca, desenvolvió una galleta que ella misma había horneado y la colocó entre ellos.

Se quedó.

Sin palabras. Sin presión.

Al día siguiente, regresó. A la misma hora. En el mismo lugar. Otra galleta.

Al tercer día, Leo le hizo una pregunta: pequeña, casi casual, pero de un significado monumental.

"¿Sabes jugar al Uno?"

A partir de ahí, las cosas cambiaron; no de repente, ni de forma dramática, sino inequívoca.

Leo empezó a esperarla. Le preguntó dónde estaba si aún no había aparecido. Volvió a pintar. Perdió en las partidas sin desconectarse.

La dejó ajustar cosas en su habitación para poder alcanzarlas él mismo. Aprendió a hacer un sándwich, despacio, con orgullo, con sus propias manos.

Tomás observaba desde puertas y escaleras, sin estar seguro de lo que presenciaba. Marina nunca se atribuía el mérito. Nunca hablaba de progreso.

Simplemente trataba a Leo como a un niño, no como una tragedia, no como un paciente.

Y entonces llegó el día en que Tomás llegó temprano.

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