No lloré en el funeral de mi hija, porque hay dolores que no se pueden expresar con lágrimas. Y cuando su esposo entró en la iglesia, comprendí que aún había una verdad oculta.

No lloraba.

Y eso… eso fue lo que más me asustó.

Llegué al funeral de mi hija embarazada con el corazón destrozado, caminando por el pasillo de la iglesia como si mi cuerpo se moviera solo mientras mi alma se quedaba atrás, arrastrándose hacia adelante.

Nunca creí que una madre pudiera sobrevivir a algo así. Siempre pensé que ese tipo de dolor simplemente te extinguía. Pero allí estaba. De pie. Respirando. Y odiándome un poco por seguir viva.

El ataúd blanco descansaba al frente, rodeado de imponentes coronas. Las cintas decían: "Siempre vivirás en nuestros corazones", "Descansa en paz". No podía leerlas sin sentir un nudo en la garganta. Porque mi hija no era solo un nombre escrito en letras doradas. No era una foto enmarcada con una cinta negra en la entrada.

Era Lucía.
Mi hija.
Y tenía siete meses de embarazo.

Eso fue lo que más me destruyó. No solo la había perdido. También había perdido a un bebé que nunca pudo respirar, que nunca lloró, que nunca abrió los ojos. Una vida que ya existía en mis sueños, aunque el mundo nunca lo supiera.

La iglesia estaba llena, pero el silencio pesaba más que toda esa gente junta. Nadie se atrevía a mirarme directamente. Bajaban la cabeza, como si el dolor fuera contagioso, como si mirarme a los ojos les obligara a admitir que esto también les podía pasar.

No lloraba.
No porque no me doliera... sino porque ya había llorado todo lo que se podía llorar en una habitación de hospital. Después de eso, lo que queda es una calma extraña y peligrosa. Esa que llega cuando el dolor te destroza por dentro y el corazón sigue latiendo por costumbre.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.