Pasé los dedos por la madera del ataúd. Cerré los ojos, imaginando que al otro lado aún podía sentir la mano de mi hija. Recordé la última vez que la abracé: su piel fría, su respiración débil... y su vientre cálido.
Frío y calor.
Muerte y futuro.
Y yo en medio, incapaz de proteger a ninguno de los dos.
El sacerdote habló del descanso eterno, de la paz, de la voluntad de Dios. Pero solo oí una frase en mi cabeza, repitiéndose una y otra vez como un castigo:
No la saqué a tiempo.
Lucía siempre había sido de esas hijas que no querían preocupar a nadie. Sonreía en fotos, presumía de su embarazo con ternura en redes sociales, decía "todo está bien" incluso con la voz temblorosa. Y yo... yo elegí creerle.
Porque una madre que sospecha que algo anda mal pero decide callar es una madre que se miente a sí misma solo para poder dormir.
Entonces, justo cuando la ceremonia parecía suspendida en el tiempo, las puertas de la iglesia se abrieron.
El crujido seco de unos tacones altos golpeó el suelo de mármol.
Seco.
Fuerte.
Fuera de lugar.
Como quien aplaude una tragedia.
Me di la vuelta.
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