Otras veces lucía esa sonrisa forzada, ese brillo extraño en los ojos que solo aparece después de llorar sola en el baño.
—Álvaro solo está estresado —repetía—. Cambiará… cuando nazca el bebé, cambiará.
¿Quién no quiere creerle a su hija cuando te mira así, con esa esperanza desesperada?
Álvaro se sentó en la primera fila como si fuera el dueño del lugar. Cruzó las piernas, rodeó con el brazo a la mujer de rojo e incluso soltó una suave carcajada cuando el sacerdote mencionó las palabras «amor eterno».
Me sentí mal.
Fue entonces cuando vi a Javier Morales, el abogado de Lucía, ponerse de pie. Un hombre serio con traje gris, caminando hacia el altar con un sobre cerrado en la mano. Se aclaró la garganta.
—Antes de…
Entierro —dijo con firmeza—, debo cumplir una instrucción legal explícita de la difunta.
Hizo una pausa.
El aire se volvió pesado.
—Su testamento será leído ahora… inmediatamente.
Lo que contenía ese testamento dejó a todos en un silencio atónito…
Parte 2…
Álvaro soltó una risa arrogante.
De esas que no piden permiso.
De esas que suenan fuera de lugar… incluso en un funeral.
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