No lloré en el funeral de mi hija, porque hay dolores que no se pueden expresar con lágrimas. Y cuando su esposo entró en la iglesia, comprendí que aún había una verdad oculta.

—¿Un testamento? —dijo, negando con la cabeza—. Mi esposa no tenía nada que yo no supiera.

Algunos lo miraron con inquietud. Otros bajaron la mirada.
Sentí un nudo en el pecho.

Javier no le respondió de inmediato.
No alzó la voz.
No mostró enojo.

Simplemente abrió el sobre con una calma inquietante, como quien sabe que a partir de ese momento, nada volverá a ser igual.

El papel crujió suavemente en la iglesia. Ese pequeño, casi insignificante sonido, era más fuerte que cualquier grito.

—La primera beneficiaria —leyó— es María Gómez, madre del difunto.

Por un segundo, el mundo dejó de girar.

Sentí que el corazón se me subía a la garganta, me temblaban las piernas, el aire se enrarecía.

No estaba preparado para oír mi nombre allí.

No en ese lugar.

No frente al ataúd de mi hija.

Álvaro se puso de pie de golpe, el banco chirriando con fuerza.

—¡Eso es un error! —gritó—. ¡Debe haber algún error!

Su voz ya no sonaba segura. Sonaba desesperada.

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