Javier siguió leyendo, sin mirarlo.
La casa.
Las cuentas bancarias.
El coche.
Los ahorros.
Todo quedó bajo mi administración.
Álvaro empezó a negar con la cabeza una y otra vez, como si ese movimiento pudiera borrar lo que oía.
Y entonces llegó la parte que nadie esperaba. La parte que hizo que el aire se volviera pesado. La parte que paralizó a toda la iglesia.
—La Sra. Lucía Gómez dejó documentación legal de denuncias de violencia doméstica —continuó Javier—. Hay grabaciones, informes médicos y documentos notariales firmados meses antes de su muerte.
Nadie respiró.
Una mujer exclamó: «¡Dios mío!».
Alguien más se tapó la boca.
El sacerdote cerró su libro sin decir palabra.
La sonrisa de Álvaro se desvaneció por completo.
Su rostro se quedó inexpresivo.
Pequeño.
Acorralado.
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