Me acerqué.
Apoyé la mano en la madera fría.
Y en voz tan baja como pude, le susurré a mi hija:
—Tu historia no termina aquí. Te lo prometo. Hoy, la casa donde Lucía vivió sus días más oscuros ya no es un lugar de miedo.
Hoy es un refugio.
Un lugar sencillo y real.
Donde una mujer puede llegar con una bolsa de ropa y los ojos rotos…
y escuchar, por primera vez en mucho tiempo:
—Aquí estás a salvo.
Perdí a mi hija.
Y esa herida no se cierra.
Pero su voz…
que aún sigue viva.
Vive cada vez que alguien se atreve a hablar.
Cada vez que alguien deja de guardar silencio.
Porque el silencio no protege.
El silencio mata.
Y hablar —aunque te tiemble la voz, aunque duela, aunque dé miedo—
puede ser la diferencia entre un funeral…
y una vida que aún se puede salvar.
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