Lo solté suavemente, me incliné hacia él y, con una voz que sonaba a secreto mortal, respondí: —Es mío. Solo...
“No es como todo lo que creías haber construido tú sola”.
Lo dejé atrás, petrificada, y entré directamente al gran salón de baile. Ryan me siguió torpemente, como un hombre que intenta correr mientras el suelo se abre bajo sus pies. Caminé entre las mesas decoradas con cristales y flores importadas, ignorando las miradas atónitas de la alta sociedad neoyorquina, y subí directamente al escenario.
El maestro de ceremonias, confundido y desconcertado por mi inquebrantable seguridad, bajó el micrófono al acercarme. Ryan intentó alcanzarme, forzando una risa nerviosa para el público. “Cariño, ahora no”, murmuró entre dientes, sudando profusamente. “Estás demasiado sensible por el embarazo”.
Giré la cabeza, le lancé una mirada gélida y tomé el micrófono. “No estoy siendo sensible, Ryan. Estoy siendo precisa”.
La sala quedó sumida en un silencio sepulcral; solo se oía el tintineo del hielo en las copas de champán.
“Buenas noches”. “Me llamo Elena Hartwell”, comencé. Algunos altos cargos de la primera fila se pusieron de pie. El apellido Hartwell no aparecía en las revistas de chismes; reinaba en los consejos de administración de todo el mundo.
“Durante cinco años, viví en silencio porque quería un matrimonio de verdad. Quería creer que el amor no tenía precio. Pero esta noche he aprendido una dura lección: hay gente que no te ama. Simplemente te alquila”.
Ryan se acercó para quitarme el micrófono. El personal de seguridad avanzó, pero levanté la mano y mi voz resonó con autoridad: “No me toquen”. Abrí mi bolso, saqué una gruesa carpeta de cuero y extraje un documento con un sello dorado oficial.
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