Fue el montaje.
Una larga mesa de nogal se alzaba en el centro como una sala de audiencias. A la cabecera estaba sentada una mujer con un traje azul marino y un bloc de notas. Dos hombres estaban de pie junto a ella: uno con un maletín y el otro con una carpeta de cuero con sello notarial. Cerca de la escalera, un guardia de seguridad uniformado esperaba en silencio.
Y junto a la chimenea, un caballete mostraba capturas de pantalla ampliadas: mensajes de texto de los números de Brooke y Evan:
"Si no lo transfieres, les diremos a todos que estás inestable".
"Tienes suerte de que te hayamos dejado ver al bebé".
"No eres de la familia. Eres un cajero automático".
El rostro de Brooke palideció.
Evan se quedó mirando. "Mamá... ¿qué es esto?"
Cerré la puerta tras ellos. El clic resonó.
"Esta", dije en voz baja, "es la paz que buscabas".
Brooke intentó reír, pero se le quebró. "¿Es una broma?"
La mujer de la mesa se puso de pie. "Señora Carter", dijo con profesionalidad, "estamos listos".
Asentí y miré a mi hijo.
“Antes de desempacar”, le dije, “deberías entender quién es el dueño de esta propiedad y por qué nunca te invitaron”.
Le di una carpeta.
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