Volví a recostar a Noah en el cochecito con cuidado.
Entonces lo miré a los ojos una vez —de verdad— y sentí que el puente entre nosotros cedía sin ruido.
Mi voz salió tranquila. «Bien, Liam. Me voy».
Empujé el cochecito por la salida de emergencia hacia el fresco aire nocturno del callejón.
Liam no me vio salir.
Se miró en el cristal y se alisó las solapas, preparándose para regresar a la fantasía que creía suya.
Escena 6: Tres manzanas, una suite y un portátil
El aparcacoches trajo el Range Rover que, según Liam, parecía "ejecutivo", aunque estaba a mi nombre.
Abroché a los gemelos en sus asientos con manos lentas y firmes.
No conduje a casa.
La casa se sentía contaminada, como si le perteneciera a él, no a nosotros.
Tres manzanas después, llegué a la entrada principal del Grand Continental: la del hotel, no la de gala.
Como dueño de la cadena hotelera, tenía una Suite Presidencial reservada permanentemente.
Le entregué las llaves al aparcacoches. "Manténgala cerca".
Y añadí, suave como una cortesía y afilada como una cuchilla. “Y si Liam Sterling lo pide después... dile que lo han confiscado.”
Arriba, acomodé a Noah y Emma en las camas del hotel.
Pedí el servicio de habitaciones: un sándwich y el vino tinto más caro de la carta.
Me quité los tacones y abrí el portátil.
Era hora de trabajar.
Escena 7: El Primer Declive
De vuelta en la gala, Liam levantó una copa de champán y sonrió como si la noche hubiera mejorado sin mí.
“¡Por el futuro!”, anunció, y la gente aplaudió porque la confianza siempre se agradece.
En la barra, pidió en voz alta: “Una ronda de Macallan de 25 años para la mesa. Invito yo”.
Deslizó su elegante Amex Centurion negra como una corona.
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