"No", respondí.
La sala pareció exhalar. Tomé mi vieja cartera y mi desgastado bolso.
"La cena estuvo deliciosa", le dije a Verónica. "Gracias por tu recomendación y gracias por mostrarme quién eres exactamente. Me ahorraste años de farsa".
Verónica finalmente me miró a los ojos. Tenía los ojos rojos, no por las lágrimas, sino por la rabia contenida durante demasiado tiempo.
“Esto no ha terminado”, espetó. “No puedes humillarnos e irte así. Simone es nuestra hija. Marcus es nuestro yerno. Siempre seremos familia. Tendrás que vernos”.
“Tienes razón”, dije con una leve sonrisa. “Te veré: en cumpleaños, Navidad, algunos domingos. Pero ahora te veré con claridad. Ya no me preguntaré qué piensas de mí. Ya lo sé. Y tú sabes que lo sé. Y vivirás con eso”.
Franklin regresó, pálido, con el teléfono flácido en la mano. “Es un bloqueo temporal. Seguridad. Lo arreglarán mañana”.
Miró la funda vacía. “¿Ya pagaste?”.
“Sí”, dijo Verónica rotundamente, con la mirada perdida.
Me miró. Su orgullo se derrumbó. Logró decir: “Gracias”.
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