Porque el verdadero poder no grita. El verdadero poder observa. Y yo estaba observando con mucha atención cuando Marcus me llamó ese martes por la tarde. Su voz sonaba diferente, nerviosa, como cuando había hecho algo malo de niño.
"Mamá, tengo que pedirte un favor. Los padres de Simone están de visita desde el extranjero." Es su primera vez aquí. Quieren conocerte. Cenaremos en un restaurante el sábado. Por favor, ven."
Algo en su tono me incomodó. No era la voz de un hijo invitando a su madre. Era la voz de alguien que pedía no avergonzarse, que "causara una buena impresión".
"¿Qué saben de mí?", pregunté con calma.
Hubo un silencio. Entonces Marcus tartamudeó:
"Les dije que trabajas en una oficina, que vives sola, que eres sencilla, que no tienes mucho."
Ahí estaba, esa palabra: simple. Como si toda mi vida se resumiera en ese miserable adjetivo, como si yo fuera un problema por el que debían disculparse. Respiré hondo, muy hondo.
"De acuerdo, Marcus, voy."
Colgué y miré a mi alrededor en la sala. Muebles viejos pero cómodos, paredes sin cuadros caros, un televisor pequeño; nada que impresionara a nadie. Y en ese momento, decidí que si mi hijo pensaba que era una mujer pobre, si los padres de su esposa aparecían dispuestos a juzgarme, les daría exactamente lo que esperaban ver.
Iba a interpretar a la madre ingenua y sin dinero, luchando por llegar a fin de mes. Quería sentir, en blanco y negro, cómo tratarían a alguien que no tiene nada. Quería ver su verdadera cara, porque presentía que algo pasaba.
Sospechaba que Simone y su familia eran de esas personas que solo juzgan a los demás por el tamaño de su cuenta bancaria. Y mi instinto nunca se equivoca.
Llegó el sábado. Me puse la peor ropa que tenía. Un vestido gris claro, deforme y arrugado, de esos que se encuentran en tiendas de segunda mano. Zapatos viejos y desgastados, sin joyas, ni siquiera mi reloj.
Agarré una bolsa de lona descolorida, me recogí el pelo en una coleta despeinada y me miré al espejo. Parecía una mujer rota por la vida. Olvidable. Perfecta.
Subí a un taxi y di la dirección. Un restaurante de lujo en el barrio más exclusivo de la ciudad, uno de esos lugares donde la carta no indica precios, donde cada plato cuesta más que un salario mensual normal.
Durante el trayecto, sentí algo extraño, una mezcla de anticipación y tristeza. Anticipación, porque sabía que algo grande estaba a punto de suceder. Tristeza, porque...
Una parte de mí aún esperaba estar equivocada.
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