Nunca le dije a mi hijo que ganaba 40.000 dólares al mes. Pensaba que solo era una simple oficinista, hasta la noche en que aparecí en una cena que lo cambió todo.

Asentí. “Tienes razón”. No todos tienen esas oportunidades.

Llegó el postre. Pequeñas porciones de algo que parecía arte comestible. Verónica pidió el más caro.

“Treinta dólares por una rebanada de pastel del tamaño de una galleta. Está delicioso”, dijo después del primer bocado. “Tiene oro comestible. ¿Ves esos copos dorados? Es un detalle que solo ofrecen los mejores restaurantes”.

Comí mi postre. Más sencillo, más barato. En silencio.

Verónica continuó:

“Sabes, Aara, creo que es importante que hablemos de algo, ahora que somos familia”.

Levantó la vista. Su expresión cambió, volviéndose seria, falsamente maternal. "Marcus es nuestro yerno y lo queremos mucho. Simone lo adora y lo respetamos."

"Es su decisión, pero como padres, siempre queremos lo mejor para nuestra hija."

Marcus se tensó. "Mamá, no creo que sea el momento."

Verónica levantó la mano. "Déjame terminar, cariño. Esto es importante."

Me miró. "Ara, entiendo que hiciste lo mejor que pudiste con Marcus. Sé que criarlo sola no debe haber sido fácil, y te respeto por eso, de verdad. Pero ahora Marcus está en una etapa diferente de su vida. Está casado. Tiene responsabilidades y, bueno, él y Simone merecen estabilidad."

"¿Estabilidad?", pregunté en voz baja.

"Sí", respondió. "Estabilidad económica y emocional. Los hemos ayudado mucho y seguiremos haciéndolo. Pero también creemos que es importante que Marcus no tenga cargas innecesarias."

El tono era claro. Me estaba convirtiendo en una carga. A mí, a su madre, a su madrastra.

Simone miró su plato como si quisiera desaparecer. Marcus tenía la mandíbula apretada.

"¿Pesas?", repetí.

Verónica suspiró.

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