Mi madre, Diane Caldwell, tenía un don para convertir las fiestas en espectáculos.
La cena de Pascua fue en el dúplex de la tía Marla en un suburbio de Ohio: sillas plegables, jamón asado con miel, huevos de plástico entre plantas. Veinticinco familiares llenaban la sala mientras los niños se reían de los subidones de azúcar.
Me senté en silencio con un plato de papel, sonriendo como si me lo hubieran pedido. Para ellos, yo seguía siendo Madison "Maddie" Caldwell: la hija que nunca se ponía de pie, la que Diane describía con esa suave y compasiva inclinación de cabeza.
Diane esperó a que la habitación se calmara, como una cantante que sincroniza su entrada.
Suspiró dramáticamente. "Maddie es... una madura tardía".
Risas educadas.
"Y pronto se mudará a un lugar barato", añadió con delicadeza. "Probablemente sea lo mejor".
Respiraciones entrecortadas. Negaciones con la cabeza. La reacción exacta que ella esperaba.
Seguí masticando.
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