“Entonces dejo de protegerte.”
La sala no vitoreó. No regañó. Simplemente observó.
Diane bajó la vista hacia el papel; le temblaba la mano al tomar el bolígrafo; no porque quisiera firmar, sino porque comprendió algo nuevo:
Ya no dirigía la representación.
Afuera, más allá de los altos ventanales, la carretera descendía por la colina que todos habían subido.
Y por primera vez en mi vida, mi madre se dio cuenta de que no podía obligarme a bajarla.
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