Ella levantó la barbilla, hiriente.
“Sí. ¿Y qué? ¿Quién te va a creer?”, espetó. “Pareces un criminal”.
Eso fue suficiente. Saqué mi teléfono, desbloqueé la pantalla y el silencio se hizo absoluto.
“Abre el juzgado”, dije. “Tengo las pruebas”.
No era solo una frase teatral; era una decisión. Me aparté de la pared y abrí una carpeta en mi teléfono. Durante años, por razones de seguridad, había mantenido copias de seguridad automáticas de todo: ubicación, rutas y registros del coche. También tenía la aplicación del vehículo, instalada por el taller, que sincronizaba quién lo usaba y a qué hora.
“¿Qué pruebas vas a tener?”, se burló Lucía.
—Lo suficiente para que no me cargues con tu miedo —respondí.
Primero, le enseñé el registro de apertura y cierre: la hora exacta de salida y regreso del coche, vinculada al llavero que llevaba. Luego, la ruta del GPS: salida de nuestra calle, paso por la avenida del puerto y entrada a la rotonda. Un punto marcaba una parada repentina. Después, el regreso directo a casa.
Mi madre negó con la cabeza como si eso borrara los datos.
—Has manipulado eso —dijo—. Siempre has sido raro con los móviles.
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