Se oía su respiración corta y entrecortada.
—¿Tú…? ¿El que dejó la escuela? —balbuceó.
—Sí. Y precisamente por eso no voy a mentir por ti —dije—. Ven conmigo. Hoy mismo.
Regresamos al apartamento a recoger su identificación. Mi madre estaba sentada en la cocina, agotada; mi padre parecía haberse quedado paralizado. Lucía entró detrás de mí, sin maquillaje, con la cara lavada por el miedo. Dejé mi identificación profesional sobre la mesa. El logo y mi nombre hicieron el resto.
Mi madre tragó saliva con dificultad.
—¿Todo este tiempo… en silencio? —dijo, demasiado débil para gritar.
—Me quedé callado para que no usaras mi vida como moneda de cambio —respondí—. Pero hoy no me dejaré vencer.
Lucía se giró hacia mi padre.
—Papá, la he cagado. Quiero arreglarlo —dijo—. Voy a contárselo todo. La acompañé a la comisaría. Firmó los papeles, contó lo sucedido, entregó su teléfono y aceptó seguir el procedimiento. No fue un final feliz; fue un comienzo difícil pero real.
Días después supe que Álvaro estaba bien. En casa, mi madre dejó de llamarme "fracaso" y, por primera vez, me preguntó por mi trabajo sin resentimiento. No me disculpé por haberme ocultado; simplemente puse límites y le dejé claro que la familia no puede exigir delitos a cambio de afecto.
Y ahora te pregunto: ¿habrías hecho lo mismo o habrías asumido la culpa por "no romper la familia"? Si quieres, cuéntamelo en los comentarios: aquí en España siempre debatimos estas cosas con pasión, y me encantaría leer tu punto de vista.
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