La paz sea contigo. Hay temas que muchos evitan por miedo, superstición o dolor. Pero a la hora de despedir a un ser querido, saber qué hacer —y qué no hacer— puede prevenir errores que luego dejan culpa, confusión y angustia.
Durante años, muchos sacerdotes han presenciado la misma escena: familiares que, con genuino amor, colocan objetos dentro del ataúd, creyendo que están "ayudando" al difunto. Sin embargo, en la tradición cristiana, despedirse no se trata de proporcionar "cosas" a la persona, sino de ayudar al alma a desprenderse de lo material y estar acompañada por la oración.
Porque el problema no es el objeto en sí... sino el mensaje que transmite:
"Esto todavía te pertenece. Todavía lo necesitas. No te vayas del todo".
Y ese mensaje, aunque nazca del amor, puede convertirse en una carga.
Una historia que lo cambió todo.
Una mujer llegó a la iglesia llorando, tiempo después de enterrar a su madre. Contó cómo su madre se le apareció en sueños, inquieta, señalándose el cuello y el pecho, como si algo la agobiara o la ahogara. La hija no entendía qué significaba… hasta que recordó lo que había hecho el día del funeral.
Por amor, colocó sobre su ataúd un gran collar de oro, uno que su madre adoraba. Y también un fajo de billetes, pensando: «para que no le falte de nada allí… por si tiene que pagar algo».
La intención era «buena». Pero el gesto revelaba una creencia peligrosa: que la salvación funciona como el mundo de aquí, con pagos, objetos y garantías.
De eso se trata:
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