Vi su nombre en mi bandeja de entrada: ni mensajes ni llamadas. Me observaba desde lejos, como quien se da cuenta de que el tren ya se fue, pero sigue de pie en el andén.
Una noche, terminé un vestido tarde. Blanco, ligero, casi ingrávido. No era un vestido de novia, simplemente precioso. Lo colgué en un maniquí y apagué las luces, dejando solo una lámpara junto a la ventana. Y de repente, me asaltó una extraña sensación: ya no me da miedo trabajar con el blanco.
Entonces me di cuenta de que la historia había terminado.
No a gritos.
No con un escándalo.
Sino en silencio, como una adulta.
El pasado no ha desaparecido. Simplemente ya no controla el presente.
Y si alguien me vuelve a decir: "Eso es solo un trapo",
simplemente sonreiré.
Porque ahora conozco el valor no solo de mi trabajo, sino de mi propio valor.
La primavera llegó temprano ese año. El sol entraba tan generosamente en el estudio que cada vez trabajaba más con la ventana abierta. La ciudad rugía afuera, pero por dentro me sentía sorprendentemente tranquila.
A veces me sorprendía a mí misma sin recordar esta historia. Antes lo hacía: la repasaba, discutía, discutía, me enojaba. Ahora yacía en algún lugar de mi memoria, como un viejo patrón: una experiencia útil, pero no la base de algo nuevo.
Un día, una chica de unos veinticinco años vino a verme. Estaba nerviosa, jugueteando con la correa de su bolso.
"Me la recomendaron", dijo. "Dijeron que no solo sabe coser, sino también... escuchar".
Hablamos largo y tendido. Habló de la boda, de la madre del novio, que "sabe mejor" qué tipo de vestido es el adecuado, qué estilo es "decente", qué color es "adecuado".
La escuché y de repente dije en voz baja:
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
