"¿Qué quieres?".
Parecía confundida. Entonces sonrió, por primera vez en nuestra conversación.
"Quiero sentirme yo misma". Le hicimos el vestido exactamente así. No para la aprobación de nadie. Cuando entró para una prueba, la mujer que se veía en el espejo estaba segura y tranquila. Y en ese momento, me di cuenta: mi historia ahora ayuda a otros.
A veces, ese es el significado del dolor: se convierte en el apoyo de alguien.
Esa noche, cerré el taller con llave, giré la llave y dejé la mano en el pomo de la puerta un segundo. No por ansiedad, sino por gratitud.
Una vez, se rieron de mí por ochenta mil "por un trapo".
Ahora lo sabía:
el valor no está en la tela,
ni en el precio,
ni siquiera en el vestido.
El valor está en el hecho de que ya no permites que nadie se meta en tu vida, llamándola "orden".
Caminé por la calle con tranquilidad, sin mirar atrás.
Y por primera vez en mucho tiempo, pensé:
ahora, todo está bien.
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