Se hizo el silencio al otro lado.
"¿Entonces no pueden completar el pedido?", me preguntaron con frialdad.
"No", respondí. "No puedo".
"Es una pena", dijo tras una pausa. "Ya te he recomendado a varios amigos. Supongo que me precipité".
Se perdió la comunicación.
Colgué. Eso fue lo más doloroso. No el dinero. No el vestido. Sino darme cuenta de que, con un tijeretazo ajeno, mi futuro se había arruinado.
Una hora después, salí de la habitación, bolso en mano. "¿Adónde vas?", preguntó Kostya, de pie en el pasillo.
"Me voy", dije. "A ver a un amigo". Y mañana, al abogado.
—¿En serio? ¿Por un vestido?
Lo miré.
—No, Kostya. Porque en este edificio nunca me consideraban una persona.
Guardó silencio.
Abrí la puerta y salí sin mirar atrás.
Y detrás de mí, en el silencio del apartamento, por primera vez en tres años, no se oyó ni una sola risa burlona.
Pasé la noche en casa de un amigo, pero no pude dormir. La misma imagen seguía rondando en mi cabeza: tijeras, tela blanca, risas. Por la mañana, me desperté con una sensación de claridad: no había vuelta atrás.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
