"¿Ochenta mil por un trapo?", se echó a reír la suegra, de pie junto a los restos del vestido de novia.

"Kostya está sufriendo".
"Y yo sufrí en silencio durante tres años".
Una pausa.
"Estoy dispuesta a pagar", murmuró. "Pero retirarás la declaración".
"Después de la transferencia", dije. "Y solo los daños. Nada de 'lo resolvamos como un asunto de familia'".
El dinero llegó al día siguiente. Exactamente como se estipulaba en el contrato con el cliente y los recibos.
Cerré el caso.
Un mes después, alquilé un pequeño local para un taller. Sin invitados, sin "pedido", sin desconocidos. El primer pedido llegó inesperadamente: ese mismo cliente me recomendó.

A mi amiga, "pase lo que pase".
Y Kostya...
Seguía escribiendo. Luego se detuvo.
A veces, al pasar junto a los escaparates de las tiendas de novias, recuerdo ese vestido. Blanco. Incompleto.
Y cada vez pienso:
A veces, para empezar una nueva vida, se necesita a alguien que corte la vieja sin piedad.

El taller se llenó lentamente. Primero, con el silencio. Luego, con la luz del gran ventanal. Luego, con el olor a tela nueva. Me sorprendí deteniéndome un segundo cada vez que cogía las tijeras. Mis manos lo recordaban.
Al principio, trabajaba con cuidado, como si temiera perderlo todo de nuevo con un movimiento torpe. Pero los encargos seguían llegando. Pequeños, sencillos: dobladillar, retocar, ajustar. La gente venía por recomendaciones, y casi todos decían lo mismo:
"Dicen que tienes manos de oro".
Sonreí y no dije nada. Manos de oro, sí. Pero tenía que recuperar la compostura.
Las pequeñas cosas me recordaban a Kostya. Su taza favorita, encontrada por casualidad en una caja. Su chaqueta, con su aroma impregnado en la tela. A veces soñaba con él: confundido, silencioso, tan cómodo para su madre como ajeno a mí.

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