La noticia se extendió: “Niña de 10 años desaparece misteriosamente en la playa de Puerto Vallarta”. Algunos especularon que la arrastró una ola, pero el mar estaba bastante tranquilo ese día. Otros sospecharon de secuestro (posiblemente relacionado con el tráfico de personas que opera cerca de las fronteras), pero las cámaras de seguridad no registraron nada concluyente.
Después de varias semanas, la familia regresó con tristeza a la Ciudad de México (Ciudad de México), llevando consigo un dolor punzante. Desde entonces, la señora Elena comenzó una búsqueda interminable: imprimió folletos con la imagen de La Virgen de Guadalupe para orar y la foto de su hija, pidió ayuda a organizaciones de caridad como Las Madres Buscadoras, y viajó por los estados vecinos siguiendo rumores. Pero todo fue una ilusión.
Su esposo, el señor Javier, enfermó por el shock y murió tres años después. La gente de su barrio, Roma Norte, decía que la señora Elena era muy fuerte al seguir adelante sola con su pequeña tienda de pan dulce, viviendo y aferrándose a la esperanza de encontrar a su hija. Para ella, Sofía nunca había muerto.
Ocho años después, en una sofocante mañana de abril, la señora Elena estaba sentada en la puerta de su panadería cuando escuchó el motor de una camioneta pick-up vieja detenerse. Un grupo de jóvenes entró a comprar agua y conchas. Ella apenas prestó atención, hasta que su mirada se detuvo: en el brazo derecho de uno de los hombres, se veía un tatuaje con el retrato de una niña.
El dibujo era simple, solo delineaba un rostro redondo, ojos brillantes y el cabello trenzado. Pero para ella, era demasiado familiar. Sintió un pinchazo en el corazón, sus manos temblaron y casi se le cae el vaso de agua fresca. Era la cara de su hija: Sofía.
Incapaz de contenerse, se atrevió a preguntar:
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