— Mi hijo, este tatuaje… ¿quién es?
El hombre dudó un poco, luego sonrió forzadamente:
— Ah, solo una conocida, Señora.
La respuesta agitó el alma de la señora Elena. Trató de preguntar más, pero el grupo de jóvenes pagó rápidamente y encendió el motor de la camioneta, perdiéndose en el tráfico de la CDMX. Ella corrió tras ellos, pero solo alcanzó a ver la matrícula antes de que se mezclaran con la multitud.
Esa noche, no pudo dormir. La imagen del brazo con el rostro de su hija la obsesionaba. ¿Por qué un extraño se tatuaría la imagen de Sofía? ¿Qué relación tenía con su hija?
Al día siguiente, decidió ir a la estación de policía (La Comisaría) para contarles lo sucedido. Al principio, todos pensaron que era solo una coincidencia, que el tatuaje podría ser de cualquier niña. Pero la señora Elena insistió: “Soy su madre, no puedo confundirme. Esa es mi hija“.
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