Sofía decidió mudarse a la Ciudad de México para vivir con su madre. No por obligación, sino por decisión propia.
La panadería se llenó de risas otra vez. Sofía aprendió a hacer conchas y pan de muerto. Elena aprendió a usar un celular moderno para enviarle mensajes a su hija cuando llegaba tarde a casa.
Daniel seguía visitándolo. Era parte de la familia. El tatuaje en su brazo ya no le dolía; se había convertido en un símbolo de amor, no de pérdida.
Un año después, madre e hija regresaron juntas a Puerto Vallarta. Caminaron de la mano por el malecón y depositaron flores blancas en el mar, no como despedida, sino como cierre.
—Ya no tengo miedo —dijo Sofía—. Ahora sé quién soy.
Elena sonrió. Ocho años de oscuridad no habían vencido al amor.
Porque a veces, incluso después de la más larga desaparición, la vida elige devolvernos lo que nunca debió perderse.
Y esta vez, para siempre.
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