—“Pagado en su totalidad por el hijo que usted crió.”

Sentí que el mundo se me venía encima. Las letras en la pantalla se mezclaron con las lágrimas que no pude contener. Me agarré con fuerza del mostrador porque las piernas ya no me respondían. Durante tantos años había cargado esa deuda como una condena, convencida de que moriría pagándola centavo a centavo.

—¿Está… está segura? —pregunté con la voz rota—. Yo no tengo hijos.

La cajera me miró con respeto, casi con ternura.
—Señora, el registro es claro. Él vino personalmente, preguntó por usted, revisó cada documento. Pagó todo. No dejó que nadie más interviniera.

Salí del banco sin sentir los pies. Afuera, el sol me lastimaba los ojos, como si no estuviera acostumbrada a la luz después de tantos años de oscuridad. Me senté en una banca y respiré hondo. Por primera vez en mucho tiempo, no sentí el peso del miedo en el pecho.

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