Esa noche casi no dormí. Recordé cuando aprendió a caminar descalzo sobre la tierra húmeda, cuando se enfermaba y yo rezaba para que la fiebre bajara, cuando me decía “tía” con esa voz bajita que siempre me partía el alma. Pensé que tal vez había hecho algo mal… que por eso nunca volvió.
A la mañana siguiente tomé una decisión que había evitado por años. Vendí unas pocas gallinas, guardé algo de ropa en una bolsa y me subí al autobús rumbo a la ciudad. No iba a reclamar nada. Solo necesitaba verlo una vez más, aunque fuera de lejos.
La dirección que aparecía en el banco me llevó a un edificio sencillo, limpio, con un letrero que decía Clínica Comunitaria. Me quedé observando desde la acera, con miedo de entrar. ¿Y si no quería verme? ¿Y si para él yo ya era solo un recuerdo incómodo?
Entonces la puerta se abrió.
Lo reconocí antes de que levantara la mirada. No por su cara, sino por la forma en que caminaba, con esa calma que siempre tuvo desde niño. Cuando me vio, se quedó inmóvil. El silencio entre nosotros fue largo, pesado, lleno de todo lo que no se dijo en trece años.
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