—“Pagado en su totalidad por el hijo que usted crió.”

—Tía… —murmuró.

Ese “tía” me atravesó el pecho como un cuchillo y, al mismo tiempo, me sanó. Nos abrazamos sin decir más. Lloré como no había llorado ni el día que se fue. Él también lloraba, apretándome como si temiera que yo desapareciera.

Me contó que había pasado hambre, vergüenza, soledad. Que trabajó de noche y estudió de día. Que muchas veces quiso volver, pero sentía que no merecía hacerlo con las manos vacías.
—Todo lo que tengo empezó contigo —me dijo—. Cada sacrificio tuyo me persiguió hasta que pude pagar esa deuda… y la mía contigo.

No le pedí nada más. No hacía falta. Volví al pueblo con el corazón liviano, la casa sin hipoteca y una paz que nunca había conocido. Ahora, cada mes, recibo una llamada suya. A veces viene a verme, otras solo escuchamos la lluvia juntos a través del teléfono.

Nunca me llamó “mamá”.
Pero la vida, al final, me enseñó que la sangre no decide quién es tu hijo… lo decide el amor.

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