Pagué las compras de una señora mayor cuya tarjeta había sido rechazada; dos días después, mi vida cambió por completo.

"La próxima vez, lo prometo", dije, sin saber muy bien si le hablaba a él o a mí misma.

Frente a nosotros estaba una mujer mayor, de unos setenta y tantos. Llevaba el pelo recogido en un moño suelto, con algunos mechones plateados rizándose cerca de las orejas. Llevaba un cárdigan verde pálido, sin duda uno de sus favoritos, con los codos ligeramente sueltos por la frecuencia con la que lo usaba.

Su carrito no estaba a rebosar, solo lleno de productos básicos: pan, leche, unas latas de sopa, una bolsa de patatas y una pequeña tarta de manzana. De esas tartas con la corteza espolvoreada con azúcar que me recordaban al otoño y a la comida de mi abuela.

Observaba la pantalla mientras los artículos pasaban, moviendo apenas los labios, como si estuviera contando en silencio. Podía ver la tensión en sus hombros, la forma en que sus manos agarraban el bolso con una especie de ansiosa determinación.

Cuando apareció el total, se detuvo. No por mucho tiempo, pero lo suficiente como para que la atmósfera cambiara.

Entonces sacó su tarjeta.

La cajera, una adolescente con el delineador de ojos ligeramente corrido y el esmalte de uñas descascarillado, la cogió sin siquiera levantar la vista. La máquina pitó.

"¡Oh, no!", exclamó la anciana. "Debo haber introducido el PIN equivocado".

Lo intentó de nuevo, esta vez más despacio.

Detrás de mí, alguien suspiró profundamente.

"¡Dios mío...", refunfuñó un hombre. "Siempre es la misma historia".

Otra voz intervino, cortante e impaciente.

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