Margaret, por supuesto, estaba encantada. Creo que había estado esperando que sucediera desde el principio, aunque nunca lo dijera explícitamente. Tenía esa forma silenciosa de empujar las cosas en la dirección correcta. Nunca fue brusca, nunca forzada, pero ahora podía verlo.
Cómo se iluminaba cuando John y yo nos reíamos del mismo chiste. O cuando siempre había suficiente comida para cuatro en la mesa.
"Sabes", dijo una tarde mientras estábamos sentados en su jardín, "lo vi en los ojos de John en el momento en que te miró". No dijo nada, por supuesto. Pero lo conozco lo suficiente como para saberlo. "Creo que yo también lo sentí", respondí, viendo a Owen correr descalzo por la hierba. "Había... algo en su voz. Simplemente no quería confiar en él tan pronto".
Me apretó la mano suavemente.
"La confianza se gana, Mónica", dijo. "Hiciste bien en esperar".
Un año después de aquel día en el supermercado, John y yo nos casamos bajo el gran roble del jardín de Margaret. La ceremonia fue sencilla, íntima, rodeados de quienes realmente importaban. Owen llevaba una pequeña pajarita azul marino y se pasó toda la boda agarrando el cojín de los anillos con una sonrisa.
Tres meses después, John lo adoptó legalmente.
"¿Eso significa que ahora puedo llamarlo papá de verdad?", preguntó Owen.
"Ya lo haces, cariño", respondí.
Y ahora, cada noche, cuando arropa a Owen, todavía habla de aquel primer día.
"Mamá, ¿recuerdas cuando conocimos a la abuela Margaret en la tienda?"
Siempre asiento, con una sonrisa ya dibujada en mis labios.
"Claro que me acuerdo", le digo.
Porque lo que empezó con un pastel de manzana, una voz temblorosa y un simple acto de bondad se convirtió en algo que jamás imaginé: el comienzo de una segunda oportunidad. Una mejor, para todos.
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