Pagué un viaje de lujo de 15 días por Europa para mi hijo y mi nuera, con la esperanza de acompañarlos. En el aeropuerto, ella sonrió: «Mi mamá viene. Tú no». No protesté. Simplemente dije: «Perfecto». Roma ya tenía mi nombre... y una sorpresa esperándome.

Miré las maletas, luego mi mano temblorosa agarrando las llaves del coche. La vergüenza, la ira y la angustia me invadieron, pero me obligué a respirar.

"Lo entiendo", dije. No lo hice.

No discutí. Me negué a suplicar. Sonreí lentamente.
"Perfecto. Que tengas un buen viaje".

Me di la vuelta, me subí al coche y conduje a casa en silencio.

Esa tarde, abrí la carpeta de viajes: reservas, pagos, confirmaciones. Todo estaba a mi nombre. Mi tarjeta. Mi correo electrónico. Y de repente, la solución se hizo evidente: si podían reemplazarme en la puerta de embarque, podría hacer cambios antes de que aterrizaran.

Primero llamé al hotel en Roma.
"Buenas tardes. Soy Carmen Ríos. Necesito actualizar una reserva urgentemente".

PARTE 2
No buscaba una venganza mezquina. Quería límites y justicia.

Revisé todas las reservas: París, Viena, Florencia, Roma. En la mayoría de los lugares, figuraba como el huésped principal. Llamé a cada hotel. Algunos requerían autorización por escrito; otros solo necesitaban mi DNI y tarjeta de crédito. No cancelé todo el viaje —Javier sigue siendo mi hijo—, pero cambié lo que más importaba.

Roma.

El hotel más caro. El simbólico. La suite.

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