"No", dije en voz baja. "Ese dinero es mío".
Su rostro cambió. No para herir. A algo más frío, controlado.
Me agarró del pelo y me echó la cabeza hacia atrás con una precisión aterradora. Me quedé paralizada. Con la otra mano encendió un encendedor. La pequeña llama azul anaranjada floreció entre nosotras.
Lo acercó a mi pelo. Tan cerca que sentí el calor lamer los mechones.
"Si no te unes a esta familia voluntariamente", susurró, "aprenderás".
Olí a champú. A gas. A mi propio miedo.
No grité. No me resistí. Simplemente la miré fijamente.
Y en esa mirada comprendí algo con claridad: no quería mis ahorros. Quería mi sumisión.
Mi padre murmuró mi nombre débilmente. Brianna se burló: «Todo este drama por una casa».
Marjorie cerró el mechero de golpe y me soltó el pelo como si acabara de ajustar una cortina. Me alisé la chaqueta, cogí mi carpeta y salí.
Dos semanas después, estaba en mi nueva casa: paredes blancas, brisa marina, las llaves apretadas en la mano.
Entonces sonó el timbre.
Dos policías estaban afuera.
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